jueves

POEMA DE FRIEDRICH HÖLDERLIN


Del siguiente poema no sé cuántas traducciones habrá al castellano. Ésta es de Eduardo Gil Bera, recogida en el libro Poemas, editado por Lumen.

*

EL OCIO

Sestea despreocupado el corazón, y descansan los severos pensamientos,
me voy por el prado donde brota para mí la hierba de sus raíces,
fresca como el manantial, y los tiernos labios de las flores
se me abren, y calladas me inspiran con dulce aliento.
En las incontables ramas del bosque, como en candelas ardientes
relumbra ante mí la chispa de la vida y las flores rubicundas,
en la regata soleada chapotean los peces felices,
la golondrina revolotea alrededor del nido con sus crías locuelas,
se regocijan las mariposas y las abejas que vagan
por su deseo. Me yergo en el campo tranquilo
semejante a un olmo amoroso, y como viñas y sarmientos
se me enroscan los dulces juegos de la vida.

O bien alzo mis ojos al monte que corona
de nubes su cumbre y sacude al viento
los rizos sombríos, y cuando me lleva en sus hombros poderosos,
cuando el más tenue aire encanta todos mis sentidos
y el valle interminable, como una nube de colores,
queda a mis pies, entonces me convierto en águila y, liberado del suelo,
cambia de morada mi vida, como los nómadas, en el universo de la naturaleza.
Y ahora me devuelve el camino a la vida de los hombres.
Alborea a lo lejos la ciudad, como una armadura decrépita
forjada contra el poder del dios tonante y los hombres.
Se atisba majestuosa, y en torno reposan las aldeas
con sus tejados velados por el amable humo casero
ruborizado por el crepúsculo. Los huertos descansan
cuidadosamente cercados, y dormita el brabán en los campos deslindados.

Pero se alzan a la luz de la luna las columnas quebradas
y las puertas del templo que el temible golpeó, el secreto
espíritu de la inquietud que rabia y hierve
en el pecho de la tierra y los hombres, el indomado, el viejo conquistador
que descuartiza las ciudades como corderos, el que escaló
el Olimpo, el que se remueve en las montañas y arroja fuego,
el que desarraiga el bosque y atraviesa el océano,
y destroza los barcos, y con todo nunca te hace faltar
al orden eterno, ni borra una sílaba
de la tabla de tus leyes, el que también, oh naturaleza, es tu hijo,
nacido del mismo seno con el espíritu de la quietud.

Luego leí en casa, donde los árboles susurran en torno a la ventana
y el aire juega con la luz ante mí, un relato de vida humana
hasta el final feliz, oh vida,
vida del mundo, que está ahí como un bosque sagrado,
me dije, que coja el hacha quien te quiera arrasar,
yo vivo dichoso en ti.

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