domingo

POEMAS DE JOSÉ LUIS TEJADA, ENRIQUE GARCÍA BOLAÑOS Y AZAHARA PALOMEQUE


Junto a cincuenta ejemplares de El poema que surge, la Isla de Siltolá tuvo el detalle de enviarme:

1) Razón de ser, de José Luis Tejada, del que cojo el siguiente poema: 

QUIÉN NO ESTÁ SOLO

¿Quién no está solo?
¿Qué raro ente dichoso no apremia compañía?
¿Quién no rebosa pura unicidad?

Yo estoy, tú estás solo, él no está todo.
Todos estamos islas imposibles
girando en el vacío. Sólo ecos
del propio llanto oímos. Cráneo el mundo
donde retumba nuestra propia voz.

Abre los ojos esos que nadie besó nunca
estrenando ilusión cada mañana,
el lazo tiendes de los párpados
bien ancho por si en él se posa algún prójimo
y alegras ya el cimbel de la pestaña
porque te quiso parecer...

Todos los cinco y treinta años que llevo
me han sido necesarios para aprender de la adusta
lección de invalidez: No existe nadie.
Nadie leerá estas lágrimas, paginará estos pujos:
Nadie sabrá nunca este ardor.

Ese rostro que acechas es el tuyo
mismo y más desolado.
Es un espejo el aire redondo y sin fisuras
que sólo tu aplanado reflejo restituye.
No existen los demás.

O, si existen, están todos tan lejos,
hacen tan raros signos, tan arduas lenguas usan,
que sólo se consigue comprender o que sientan,
después de mucho aspaventar a solas,
esta urgencia de amor mutua y gigante,
única soga de amargura
más cruel cuanto más larga, que anuda en la distancia
tu hambre de los demás con los demás.

2) Señales, de Enrique García Bolaños, del que traigo este otro:

NADA

El infinito es
incapaz de albergar
el tremendo vacío
que dejas cada vez
que vuelves.

y 3) En la ceniza blanca de las encías, de Azahara Palomeque, libro en el que está, encabezado por unas palabras de Rafael Cadenas, el que cierra esta entrada:

                              Llevo años en el mismo lugar, al fondo.
                                                ¿Vivo? Funciono, y ya es mucho.

                                                                     RAFAEL CADENAS

Un ramo de botellas verdes es el paisaje del cuarto,
manteles de saliva blanca entre los cuévanos
de mis ojos.
Si por el alcohol me sanara el rastro de las espinas, comiesen
        de mí
en los lacrimales,
me bautizaran con flores.
Los árboles que entre tanto vidrio han de nacer, ancianos
        a la mesa.
Sus raíces torcidas.
El cultivo de esta desgana, este tedio, esta única voluntad
de partir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario