domingo

UN POEMA DE JOSÉ ÁNGEL VALENTE


EL FUNERAL

Vi al bueno, al falaz, al justo, al turbio,
al simplemente entristecido
por la ocasión, la cera, el Dies irae,
al facundo, al opaco, al transparente,
al sordo, al que llegaba
desde mi propia infancia a ofrecerme una imagen
de lo que fui cuando el que había muerto
en sus manos entera contenía mi vida.

Vi al sagaz, al cortés, al mezquino de ayuda,
al que acaso le hiriera más a fondo que nadie,
pagando ahora al vacío sin mayor perjuicio,
como piden los usos entre tales,
lo que nunca dio al hombre.

(No importa. Óyeme. Tú,
dondequiera que estés, estás más vivo).

El incienso eficaz interpuso una leve
cortinilla de humo y olor agrio.
Siguieron rituales las salmodias,
el saeculum per ignem, el túmulo severo,
la presidencia familiar a un lado
del lagrimal derecho de las tristes señoras.

Mas también vi entre todos
al que lo había amado.
(Sólo entonces se alzó, segura y mía,
en su dolor tu imagen).
                                      La asamblea,
devota o indiferente o enternecida,
circunspecta y simbólica,
se deshizo en saludos.
(El luctuoso cielo provincial cubría
fragmentos de niñez y de otras vidas
puras como la tuya).

Perdona, padre mío, si no asocio,
como tal vez debiera,
mi llanto personal a lo narrado.

Del libro La memoria y los signos

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