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martes

CABRA: CUATRO POEMAS


EL HACEDOR

¿Es un poeta? ¿Un poeta original, inimitable, irrepetible? ¿Adolfo, Adolfo González? ¿Un poeta de estatura menor? Mide en torno al metro setenta.

Si el viento sopla un verso como una orden, el pequeño miserable lo atrapa si coge raudo el bolígrafo y la libreta. Y luego se cree que es el mismo viento si sigue escribiendo. Todos los días, esperanzado como los que han tenido felizmente un retoño y angustiado como las parturientas que están sufriendo bárbaras en este momento, escribe un poco. Escribe. ¿Es, por tanto, un escritor?

Es que también lee. Se sumerge en los libros, desaparece un rato de sí mismo, goza, aprende y desaprende en la penumbra de su cuarto mojándose el labio tembloroso. Es un lector habitual, acostumbrado en especial a subirse al caballo alado de la poesía. La novela le cuesta, le aflige, le aburre a menos que sea verdaderamente buena; puede con tres, cuatro páginas a lo sumo cada noche. Este es algo disperso; lento, limitado, no le hagan mucho caso.

Ilusionado Ulises, empeñado en beber de otras fuentes tercamente. Pero sólo con fuentes de palabras no podría nutrirse su sangre y fuego verso a verso. Por eso, cuando le da la espalda al sueño y la cara a la aurora, el muchacho se toma un café con leche bien caliente. Al mediodía, a veces, bebe una cerveza bien fría. Antes de irse a acostar, gusta de tomarse la leche. Y bebe agua, poseso de la vida, a cualquier hora del día. Todo esto hace pensar de él que es un bebedor.

Pero es que, además, no sólo escribe y bebe y lee como si bebiera, sino que también come. Si no lo hace cada ocho horas, su estómago es un grito de terror en un sótano vacío y su cerebro un estado golpeado, un estado patas arriba. Es un comedor, un buen comedor, un comedor agradecido.

Y, por si todo lo dicho fuera poca cosa, esta criatura sufrida que anda por tierra devorando platos de lentejas con chorizo y aplastando los cigarrillos en el suelo, también duerme. Y sueña cuando duerme. Y abre los ojos pero del ensueño no despierta. Es un dormilón, es un soñador. Y piensa: es pensador.

Mas, por encima de todo, vive. En el mejor sentido del término, es vividor. Y mientras viva amando la vida, amando sus cosas, profundamente, aceptándolas tal como son, sufriendo, hermanándose con el dolor o echándose encima de alguna mujer, seguirá siendo un amante, un amador.

Qué de cosas hago, qué de cosas hace un hombre corriente..., piensa hablando. ¡Justo!, declama Adolfo. ¡Aquí no existe el fallo! ¡Qué bien, yo no soy un escritor! ¡No soy sólo un escritor! ¡Yo soy un hacedor nato!



Y ya le pueden decir misa aquellos con ínfulas de eminentes, que ahora mismo se pasma y se premia con un cigarro, satisfechísimo de su evidente descubrimiento, sacando tórtolas con amapolas en la boca del único corazón que tiene.

*

PALABRA DE ACTUALIDAD

El humano corazón
da con la piedra del pancismo,
encalla,
acostumbrado al dolor del prójimo
cercano,
y al contemplar la sangre,
y al contemplar la muerte,
y al contemplar el hambre,
impávido
ante las noticias televisadas.

Se sigue hablando de solidaridad.
Sí, Cabra,
principalmente
se sigue hablando.

Casi nadie hace nada.
Casi nadie echa una mano a los demás.

Y, mientras,
se ha muerto un niño.

No, 
cientos, miles de niños.

No, 
millones
o billones de niños.

¿Qué hago aquí
lamentando esto mismo
si en el fondo yo
soy feliz?

Debiera salir a la calle.
Ahora, sí,
debiera salir y abrazarme
a la primera persona que vea,
con el pecho mordido,
mordido por la muela cariada de la miseria.

Las calaveras de esta historia,
a veces, me escupen gusanos
y sangre seca, coagulada
en el rostro sonrojado de la vergüenza.

*

OCASO HETERODOXO

Islotes incendiados por el cielo
las nubes del ocaso. ¡Adiós al día!
Van peces y caballos a un tranvía
que los sube a una luna de pomelo.

El niño está pasmado, está muy lelo
viendo cómo se alejan, por la vía,
dejando atrás la tierra en tarde fría,
en su balcón, gritando al eco: ¡rielo!

-¡Rielo!
              ¡Rielo!
                           ¡Rielo!

Vieja la noche, ya se va cerrando.
Nadie sabe de aquellos animales
menos el niño que estaba mirando.

Parecen hechos sobrenaturales,
pero míralo, cómo va volando
a la luna a cenar con sus iguales.

*

AQUÍ, AHORA...

Aquí, ahora
me asombro de ser,
me asombro de estar.

Y sólo soy capaz de decir: OH...

¿En qué atalaya estoy, Cabra,
cantando yo?

¿Tal vez por pura casualidad?

Di.

Que rápido
espermatozoide fui,
que hombre taciturno soy,
poco cantarín.

Que sólo soy capaz de decir: OH...

Pero aquí y ahora,
cundiendo el asombro en secreta,
silente extensión.