viernes

BREVE PASEO FOTOGRÁFICO POR AVILÉS
















Capilla de Jesusín de Galiana. Es tan bonita de cerca que el autor de la fotografía, justo en el momento de disparar, quisiera ser un espontáneo que agarrara la mano de la mujer cuya nariz de zanahoria puede apreciarse a la derecha y que entrara con ella, enamorándola al instante, directamente a casarse.















Estanque del Parque de Ferrera. Donde el autor de la fotografía, justo en el momento de disparar, quisiera ser pato. Al igual que el árbol aquí captado, que no es que quiera besar el agua como acaso parezca a simple vista. 















Arcos de la Calle de Galiana, mientras suena (nota para sordos) la Guantanamera. Donde el autor de la fotografía, justo en el momento de disparar, en un arranque de locura, quisiera ser quien es.

SOBRE LA ORIGINALIDAD


Imaginemos que en dos puntos diferentes del planeta tierra los árboles, el mar, las estrellas, el amor…, el universo entero, en fin, le pide a dos jóvenes que sean poetas. Ambos muchachos empiezan así a leer y escribir poesía, sin pensar en ningún otro lector que no sea ellos mismos, pero de pronto un día, sin apenas darse cuenta, se ven inmersos en el mundo literario. Sienten entonces otra llamada, otras tentaciones: habitación compartida con más poetas (cosas de la crítica) y todos esos cuentos tan divertidos. El que se mantiene fiel a la llamada original es el verdadero poeta: tiene una personalidad poética fuerte. El otro se convierte en un sucedáneo, en un traidor, en un fracaso, en suma, por muchos laureles con que seguramente le coronen los mediocres que precisan genios de su misma categoría.

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Le sugerí un par de lecturas que imaginé le abrirían caminos, pero me dijo que prefería no leer, que no quería influencias de nadie. Alguna vez me habían contado esta historia, referente a otros, pero no creía que pudiese ser cierta. Desde luego como chubasquero, pensé, este es normal y corriente.

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Desde el punto de vista del espíritu artístico, es algo repugnante tener referentes poéticos si sólo sirven para imitarlos conscientemente o para tratar de superarlos. Repugnante por falta de aspiraciones lo uno, repugnante por competitivo lo otro.

jueves

SOBRE EL HUMOR


El humor, que había salvado a un poema, quiso matar a otro.

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En una ocasión en la que asistí a una lectura poética, observé que el autor que leía, señor de cierta edad y muy simpático y divertido, por momentos daba signos de agotamiento. Porque la gente, que parecía tonta, se reía con cualquier cosa como diciéndole: ¡Sigue! ¡Sigue!

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Humor de sonrisa puede ser un buen título para un libro de poemas con un leve toque cómico. Pero en él no tendrían cabida ni la burla, salvo que sea inocente como la brisa, ni el sarcasmo, que es lo mismo que arrodillarse ante el demonio. Y una ironía sana debería planear sobre el conjunto con la elegancia de una garza real.


SOBRE LA HUMILDAD


No confundir la falsa y, pese a ello, afortunada modestia horaciana, con la auténtica humildad. Aquélla puede ser utilísima, tanto para la literatura como para la convivencia, pero la auténtica no es sino el íntimo reconocimiento de lo real: nuestras genialidades poéticas (las tenemos) brotan siempre de nuestros peculiares dones, pero ni siquiera éstos son nuestros... Pertenecen a la vida, que nos los presta un rato.

Quien con esta actitud y unos veinte amoríos, un gran amor, mil y pico lecturas y una dieta mediterránea, rica en fibra, en diez años no escriba ni un solo poema de altura, quizá deba abrirse a nuevos horizontes -no se acaba el mundo- lejos del papel en blanco.

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Tres poetas leen, cada uno en su casa, el nuevo libro de un colega de oficio, pero sólo dos de ellos disfrutan y sacan buen provecho de ese acto. El primer lector, que se encuentra en la fase inicial de aprendizaje y que es, además, noble de corazón, lee y relee maravillado, encontrando en cada página un poco de la mucha poesía que lleva dentro. El segundo lector, que odia al autor secretamente (le despierta una envidia que no se ve capaz de gestionar, esto es, de trocar por admiración), lee cargado de negatividad; aunque saca fuerzas del lado oscuro, eso hay que reconocerlo, y tras la lectura escribe un poema desahogo en el que, ocultándose su propio sentimiento, disimuladamente contradice, niega los que le parecen los mejores momentos del poemario. Por último, el tercer lector, que es persona comprensiva y atesora, por tanto, alguna sabiduría, lee humildemente y piensa, ante los poemas que se le antojan fallidos o mal resueltos, que él mismo, más de una vez, lo hizo todavía peor.

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Cuando el poema necesita al poeta, deja que éste se crea, si quiere, alguien importante. Ya tendrá ocasiones bastantes de recordarle su mejor lección cuando suceda al revés.

martes

SOBRE LA BELLEZA Y EL LENGUAJE POÉTICO


Las palabras bellas no pueden, por sí solas, elevar el lenguaje a la categoría de poético. Si uno introduce en un poema adjetivos de tan hermosa sonoridad como trémulo y, sin embargo, la belleza del texto radica únicamente en su lenguaje, la lectura no estará exenta, quizá, de gustoso paladeo, pero también será triste como detenerse ante uno de esos edificios inacabados, vacíos, fantasmales que todos hemos visto alguna vez. En cambio, si uno escribe, por ejemplo, "con todas mis vivencias / podría hacer collares y collares / de perlas para mi señora", el lenguaje estará diciendo -aparte de lo que dice, tan precioso, sobre el valor de cada experiencia- que también es capaz de ser poético siendo el mismo de todos los días.

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La belleza no es muy amiga de salir: prefiere quedarse en casa del ojo que la mira. Pero el lenguaje poético, cuando la visita, suele convencerla para ir a dar una vuelta.

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Si a un poeta inocente le gusta el crepúsculo, por ejemplo, hasta el punto de identificarlo con la Belleza (así en mayúscula romántica) y serenamente y sin pretensiones intelectuales se sienta a contemplarlo, el crepúsculo, si está de humor, tal vez acabe guiando su espíritu hacia la Belleza, que es cosa etérea y muy sutil. Y si entonces una parte de ese misterio, por pequeña que sea, adopta, inesperadamente, forma bien definida en unos versos, el poeta se quedará un rato interrogante (pero sin hacer preguntas) y, sin caber en sí de gozo, se irá a cenar pensando que el lenguaje no está tan mal, que no siempre es tan limitado, que a veces hasta lleva al arrebato místico.