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SIEMPRE NOS QUEDARÁ JUAN RAMÓN (V)




En el libro de la foto (libro del que ya mostramos aquí un par de textos) hay poemas en prosa, cuentos, aforismos, apuntes autobiográficos... Bienaventurados los que lean de arriba abajo a Juan Ramón, porque de ellos es el reino de la poesía.

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INFINITO

Como la rica espuma del día colmado, el sol poniente se derrama rosioro de los bordes de la ciudad -cimas de árboles de cobre, tejados, pararrayos, chimeneas- embriagada de belleza.

¡Qué satisfecha mi ciudad en su día! Han cantado todos sus pájaros y alguno de otra parte, la brisa ha sido inquieta y fija todo el tiempo, ni una nube ha surcado el cielo, no se ha caído de toda la arboleda amarilla una sola hoja.

Calma y paz. Hermosura largamente detenida, no importa dónde, ni si nueva o decaída. Éstasis del Instante existente, y por lo tanto, eterno. ¡Infinito conseguido, incluida -¡noche que entras!- la muerte!

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MADRID VIEJO

Las casas parecen un amontonamiento de viejos pianos y raídos cofres de piel de vaca.

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APUNTES DE ENERO EN EL RETIRO

Aquí y allá, bajo la nieve de estos días, asoma sana y viva la yerbilla verde. En la humedad total del día, los edificios parecen tener buena cara.
Aún no hay pájaros de vuelta; pero ya se oye, no se sabe dónde, en unos trinos que parece la vida, el canto total de todos los pájaros del mundo.
Y antes de anochecer, entre los ramajes vagos y húmedos, como una promesa, como si la tarde fuera abril y mañana mayo, el cielo se pone vagamente azul.

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RECUERDO ATROFIADO

Cada día lo dejaba para el siguiente. Era un recuerdo que no quería dejar de recordar bien, y que nunca tenía tiempo de recordar a mi gusto, y no lo quería recordar mal, y no lo recordaba.
Yo estaba tranquilo porque sentía que el recuerdo estaba en mí seguro recordándose solo, como algo material que interceptaba sin mi voluntad el paso del borrador olvido. Como cuando se hace un nudo en un pañuelo, se había hecho en mi memoria día tras día un nudo.
Un día en que tuve el tiempo, me eché en mi sofá ocioso, como suelo en estos casos, a recordar mi recuerdo. No lo pude recordar ya. Estaba en mí, pero duro, seco, pesado, como un mendrugo, un hueso, un callo del pensamiento, dolor fósil, como un obstáculo inútil del olvido.

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¿TORRE DE MARFIL, ETC.?

Mi "apartamiento", mi "soledad sonora", mi "silencio de oro" (que tanto me han echado en cara, y siempre del revés malévolo, y tanto me han metido conmigo en una supuesta "torre de marfil", que siempre vi en un rincón de mi casa y nunca usé) no los aprendí de ninguna falsa aristocracia, sino de la única aristocracia verdadera y posible.
Los aprendí desde niño, en mi Moguer, del hombre del campo, del carpintero, del albañil, del talabartero, del encalador, del herrero, que trabajaban solos casi siempre en lo suyo, con el cuerpo en el alma, y los domingos muchas veces como yo, los desiertos domingos interiores, por la verdad, la fe, la alegría de su lento y gustoso trabajo diario.
Yo era torrero de marfil, para ciertos algunos, porque no iba a los corros del café, de la revista, del casino, del teatro, de la casa de prostitución. No, no iba; no iba porque iba al campo y me paraba con el pastor, o la lavandera; al taller y hablaba con el impresor, el encuadernador, el grabador, el papelero; al hospital a ver al enfermo y la enfermera; a la plaza (mis queridas plazas de Moguer, de Sevilla, de Madrid, de donde fuera), en cuyos bancos conocí a tanta jente mejor, viejos, muchachas, niños, ociosos de tantos trabajos, y con tantas historias y tantos sueños.