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jueves

OCHO POEMAS ESCRITOS JUNTO A LUNA ROJA


1

Qué dulce y tierno despertar
oyéndote, naturaleza,
no sólo en esos pájaros que anuncian
el regreso del circo
a la ciudad:
                  también
en el gracioso, encantador sonido que está haciendo
el pis de Luna Roja
con el agua del váter.

2

Hasta hace bien poco
-no sé si un mes o un siglo: el tiempo me confunde-
en mañanitas claras como esta
prefería escribir a solas y al dictado
de la luz, de la brisa, de la lluvia ligera que ahora cae...,
de todas esas cosas que manifiestan, siempre
con algún matiz nuevo, lo bello del silencio
y de la transparencia.

Entraba Luna Roja y me enervaba.
Calladamente, por no herirla, me enervaba.

¡Qué necedad la mía!
                                  ¿No veía
que alrededor de ella, cervatilla de cuento,
revolotean todas esas cosas
igual que las palomas en torno de una iglesia?

3

Pese a que siempre hables claro,
a veces no comprendo del todo lo que dices:
por culpa del amor
me parece escuchar, al escucharte,
la hierba blanda, las olas suaves, las nubes rosas.
Aunque acaso sea entonces, no lo sé,
cuando más profundamente te comprendo.

4

En una sobremesa de domingo
él empezó a recitarle un poema.
Ella tenía hipo y le interrumpió.
Él se tumbó empachado.
Ella se acurrucó en su pecho.
Él descartó creerse un galán.
Ella se durmió ipso facto.
Él despertó a la media hora.
Ella seguía dormida.
Él deseó zambullirse en su sueño,
pero se preparó un café.
Ella le comentó al levantarse
lo que había soñado.
Pasó un avión.
Él estaba leyendo.
Ella encendió el televisor.
Las horas pasaban.
Nada extraordinario pasaba.
Pasaba la vida, tranquila
como la sombra de un manzano.

5

Nunca podrás,
picadura mortal de la costumbre,
acabar con la magia
de lo nuestro:
                      todavía hoy,
después de haber llovido tanto,
cada objeto que toco pensando en ella
se convierte en una rosa.

6

Genuinamente
la tarde le sonríe,
llena el cuarto de luz,
le facilita la labor
ahora que cose, luminosa también,
sentada junto a la ventana.

Llama a la puerta el pensamiento,
tantas veces oscuro vendedor
de vaguedades.
                        Abro y digo
no, gracias, buenas tardes.
Y cierro con la grata sensación
de que todo, pese a todo, es como debe ser.

7

Yo quisiera
con lenguaje sensual
elogiar tu cuerpo,
tonta mía,
                 de arriba
abajo,
           de abajo
arriba,
           de arriba
abajo,
           pero
acabo de dejarme la lengua, como ves,
en tu pómulo izquierdo
(tan adorable como el otro)
y ya no puedo, claro, articular palabra:

esto intenta decirte
-con las manos,
con el minero negro,
con los ojos-
el amor que te tengo.

8

Luna Roja:

No sé por dónde empezar esta carta que te escribo
ahora que te has ido a la cocina.
No sé por dónde empezar y sin embargo confío,
confío, confío en la luz que me guía
del mismo modo que en ti
(plenamente).
                       Así,
para escoger los vocablos idóneos,
sobre esta mesa humilde
he decidido abrir, cual diccionario básico,
mi corazón.
                    Sé, gacela
mía, que no me engañará:
la primera vez que te vio
adivinaba en el tuyo los más puros manantiales
y no se equivocaba, no, no se equivocaba…
¿Te acuerdas?
                        Era casi Navidad.
Y desde entonces siempre es Navidad.
¡Alabado sea el Señor!

Hemos sobrevivido juntos a tres gobiernos
como a tres catástrofes ambientales.
¿Cómo enhebrar a estas alturas unas líneas
capaces de sorpresa?

He aprendido sacrificio:
realizo las tareas del hogar
sin queja alguna de mi yo lírico.

He visto la palabra felicidad
acogida en esta casa.
Vino hecha polvo.
Tú le curaste las heridas
y eliminaste restos de purpurina
que quedaban en su rostro.

Eres por gracia divina
como vela encendida, y por gracia
divina no lo sabes.
Sin ti yo anduve ciego por el mundo
o en una burbuja oscura
o con los ojos cerrados o vendados.

Mientras te escribo, cae la noche
lentamente
                   como pluma de ave,
lentamente
                   como pluma de ave.

Mientras te escribo, hay por momentos
un silencio
casi total: las pintorescas voces de las piedras
no cesan de entonar melodías ambiguas:
para los que están tristes, solemnes;
para mí que te amo, ligeras.

Me gustaría tenerte aquí a mi lado,
ver y escuchar estas cosas
con cuatro ojos, con cuatro orejas cada uno.
Sólo pasan en los poemas, me dirías tal vez
-y dirías verdad-,
mas los poemas suceden en la vida
y la vida sucede en el misterio.

¡Misterio!

Misterio es tu pelo, misterio es mi bata, misterio
es el resoli.
Misterio es todo, pero a todo nos acostumbramos.
Misterio es todo, pero en otoño llueve.

Mientras te escribo, ha salido la luna.
Como no vengas en un minuto
te daré unos cachetes en las nalgas
o le quitaré a la ventana el cristal
para llevártela dentro
con alguna que otra estrella.
Ha salido la luna y quiero demostrarte
que la luna no puede ser tú
y en cambio tú
                         sí puedes ser la luna.



Luna Roja en pijama.

martes

APUNTES A LIMPIO


Tengo enchufe en las altas esferas:
me han nombrado ayudante de la lluvia
(cargo decorativo y bien pagado
mas de los que no abundan).

*

Puesto que no soy bobo ni erudito,
Keats me deja escucharte, ruiseñor.

*

¿Por qué posas para mí,
esplendorosa Marilyn de lo real,
si yo no sé pintar?

*

He salido de mi nombre
a mitad del paseo.
¿O nunca he estado dentro?

*

Dile a tu niño
que se cuide los ojos,
que el coco puede convertirlos
en jueces amargados y sin plaza.

*

¡Hay que ver qué ignorante
cuando quise con red
atrapar el instante
como si fuera un pez!

*

Verdadera tristeza:
tristeza de calcetín roto, tristeza
con un dedo
                     de alegría.

*

Reparo en el canto de un grillo. Si hubiera que usar la metáfora, diría que es el latido acompasado de esta noche.

viernes

POEMA


FIN DE SEMANA ROMÁNTICO

(Capricho en tres tiempos)

I

Noche de viernes. Habla él.

Dice la luna que ya somos libres.
Desnúdate.
Necesito que te desnudes:
vengo cansado de buscar
la verdad que en tu cuerpo siempre encuentro.
Desnúdate
y no te vistas hasta el lunes.
Verás qué bien te queda entonces
ese viejo vestido.

II

Tarde de sábado. Habla ella.

Dame la mano.
Voy a llevarte al bosque.
Dame la mano, ven, no seas tonto.
Haremos el amor donde nadie nos vea
y sentirás que somos uno con el mundo.
Y todos los sonidos te dirán, mejor que mis palabras,
cuánto te amo.

III

Mañana de domingo. Conversación.

-Es hermoso verte dormir.
Duerme, mi amor, duerme un poco más.
No hagas caso a los pájaros y al sol.
Espera a que mi alma desayune tu imagen.
-No estoy dormida:
estoy a gusto con los ojos cerrados
mirándote a los ojos aquí dentro,
donde un día lejano y feliz
nos habremos escapado
para siempre.

miércoles

POEMA EN PROSA


PARQUE MARÍA ZAMBRANO

Cualquier parque pequeño como este se parece al claro del bosque. La única diferencia es que en estos encantadores lugares de recreo siempre es posible entrar.

Aquí me he detenido cientos de veces. Y cientos de veces sus árboles me han dicho: hay que dormirse arriba en la luz. Y cientos de veces sus mosquitos han añadido: hay que estar despierto abajo en la oscuridad...

Hoy, esta tarde vacía como una pintura china antigua, mientras el perro hace caca en una de las hojas caídas de sus avellanos, le devuelvo un silencio, un billete multicolor que le debía.




martes

POEMA EN PROSA


AMORES ETERNOS

Ricardo Francisco escribió un poema para seducir a María Fernanda. Fracasó: andaba calladamente enamorada de Carlos Alberto. Sin cambiar ni una coma, probó fortuna entonces con Rosaura Vanesa, que escribía poemas para trascender pero esos días lo hacía simplemente para desahogarse, afectada como estaba por su reciente ruptura con Luis Alejandro, el hermano de María Fernanda que escribía poemas para obtener conocimiento. La pobre necesitaba consuelo y cayó en brazos del malvado Ricardo Francisco. Carlos Alberto, por su parte, a cuatro meses de casarse con Amanda Patricia, llevaba unas cuantas noches escribiendo un poema para explicarse el mundo, propósito del que se reía, por considerarlo inútil, su futura mujer, que sólo escribía poemas para divertirse. Un culebrón eterno, que no parece tener final. Aunque María Fernanda, superado el desamor, leyó en la boda un poema ante todos los invitados y antes de empezar dijo: “Los poemas, en fin, se escriben para leerlos”.

jueves

DIEZ POEMAS EN HONRA DE MI PADRE



1

No estoy para himnos:
mi padre murió.

No estoy para elegías:
los muertos que nos aman no quieren vernos tristes.

Concédeme, musa,
algo que a las dos partes nos contente
o que, al menos, a ninguna nos ofenda.


2

En lo que dura este poema
mi padre olvida que está muerto.

Soy de nuevo un bebé tranquilo
y en sus manos, pequeñas y robustas,
miro a mi alrededor
con el asombro de las primeras veces.

No sé qué es todo esto. No lo sé
pero me está gustando. Y sonrío a mi padre
en señal de gratitud.


3

Candorosos años ochenta.
En típicas estampas paternofiliales
(no podían faltar, que no se diga, en nuestra historia)
nos íbamos felices y contentos
con la pelota al parque
o con la caña al mar.

Recordando esos tiempos
me encamino, como un equilibrista,
del nudo en la garganta
a la alegría en el corazón.


4

Acogedora y cálida
como sala de estar con chimenea
era su voz.

Qué dolor no escucharla:
se ha convertido en el silencio.

Qué dolor no escucharla
y, en el dolor, qué bálsamo:
el silencio
me da más paz aún que antes.


5

Veo el mundo
de color azul grisáceo,
del color de los ojos de mi padre.

Desde dentro, desde el origen,
mezclando realista
cemento y cielo abierto, es él
quien me llena de vida la mirada.


6

Partidos por la mitad igual que panes
tendríamos que estar, por lógica,
los que tanto le amamos.

Partidos por la mitad:
mitad esposa, mitad viuda,
mitad hijos, mitad huérfanos.

¿Por qué no estamos así?

Nuestro gran amor, con su pico de oro,
ha persuadido a la muerte
de que debemos permanecer enteros.


7

En tus últimos años
                              -tiernos animalillos,
traídos a tu mundo por dos nietos-
me demoraba a veces observándote
sin que te dieras cuenta. No quería perderme
ningún gesto: como tú, como todos los tuyos, intuía
quién se iría el primero al otro barrio.
Y temía un adiós.

Fallé en lo del temor: intuyo un hasta siempre.
Aunque nunca volvamos a reunirnos, ¡qué le vamos a hacer!,
al calor del antiguo hogar.


8

Siempre tendré un buen padre.
No: un padre muy bueno.
No: un padre buenísimo.

Más bondadoso que San Francisco de Sales.
Más sabio que Sócrates.
Más inteligente que Einstein.
Más simpático que Cantinflas.
Más guapo que Paul Newman.
Más padre (en su parcela al menos) que el mismísimo Dios.

En suma, un padre
-dicho sea con todos los respetos-
mejor que el de Jorge Manrique.


9

El muerto al que canto se porta de maravilla:
no prende ni apaga luces ni cambia objetos de sitio
ni hace nada de eso que se dice que hacen
los espíritus.
                   Es además
infinitamente paciente y comprensivo
y me ayuda a resolver cualquiera
de mis dilemas metafísicos.
Ya no gasta, agreguemos, el mal genio que gastaba
cuando estaba menos vivo.
(El amor más allá de la muerte,
experto tallador de diamantes,
ha hecho con él un trabajo muy fino).

El muerto al que canto se porta de maravilla
y va a todas partes conmigo,
igual que si él fuese un ratoncito adorable
y yo el bolsillo donde lo lleva un niño.


10

Me creó en un día de primavera.
Me enseñó a caminar (en el más amplio sentido del verbo).
Me fue leal.

Sé por él
que el cielo existe:
se lo ganó a pulso
en mi recuerdo.