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miércoles

APUNTE SOBRE BERGAMÍN


A saltos vuelvo a leer -me divierte bastante- poemas de Bergamín en una antología suya que tengo por aquí cerca. Creo que no es muy conocida. Pertenece a la colección Clásicos Castalia. 

Bergamín no tiene mucho que ver con los poetas de su generación. En sus poemas, eminentemente aforísticos, no hay el brillo imaginativo ni metafórico propio de Lorca o de Alberti. Metafísico rimador nato, no muy lejos del Machado de los proverbios y cantares, tras leerlo siempre me quedo con la sensación de que fue un poeta poco listo, que no sacó provecho de sí, que no explotó ni la mitad de su potencial. Un Bergamín moderno, liberado de la copla y con menos prejuicios hacia lo que debe o no debe ser la poesía, tal vez habría sido de los mejores de su tiempo; si no el mejor, porque a ratos hay en lo suyo una profundidad que no se ve en ningún otro. 

Entre bastantes otras que me tocan alguna fibra, una de las rimas me llama especialmente la atención:

Me va pareciendo el tiempo
más que enemigo, un amigo
que me acompaña en silencio.

Que me acompaña en silencio,
dándole a mi corazón
su único fiel compañero.

La antología se hace demasiado larga, acaba resultando monótona. Quizá el autor esté pidiendo ser quintaesenciado: un libro de cincuenta o cien poemas a lo sumo, con uno en cada página, sería más agradable de leer, y más acorde a su significación como poeta entre nosotros. 

lunes

APUNTE SOBRE ROBERT WALSER


                    Leyendo Escrito a lápiz: Microgramas II (1925-1932)


Esto tan suyo, esta prosa lírica (que no poema en prosa) como una suerte de variaciones alrededor de nada en concreto, o como cauce de una frenética actividad cerebral, me parece realmente admirable. No así la legión de mitómanos que su historia personal ha motivado: pertenecen al lado tonto de la literatura; son peliculeros que idealizan, con base en chismes y figuraciones (y a veces en nada), a los artistas un tanto al margen. Pero no importa: Walser los sobrevive sin problemas; su escritura, graciosa paloma, sobrevuela por encima de su cadáver sobre la nieve.

miércoles

APUNTE SOBRE OLIVERIO GIRONDO


Releyendo una antología de Girondo, publicada en Visor, me salto páginas y páginas, con el poema a medio leer. No puedo con ellas, se me caen, pese a que en su momento me impactaran. A mi modo de ver, el sentido del humor, para tener su hueco en el poema, debe ser más leve, a veces apenas un toque. No sé si por eso me he acordado de un aforismo de Wallace Stevens que necesito buscar en su Adagia: "El defecto esencial del surrealismo es que inventa sin descubrir. Hacer que una almeja toque el acordeón es inventar, no descubrir. La observación del inconsciente, en la medida en que es posible observarlo, habría de revelar cosas de las cuales hasta ahora hemos sido inconscientes, no aquellas cosas de las cuales hemos sido conscientes más la imaginación". 

Yo no creo que haya que descubrir nada, pero estoy más o menos de acuerdo en el trasfondo de lo que expresa. Girondo, especialmente en Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, inventa muy a la ligera, como por el mero placer de inventar, o de lucir imaginación, y eso, que es muy lícito, a mí no me convence. Aun así, agradezco reencontrarme con posteriores textos en prosa que dosifican mejor la imagen humorística, como aquel que habla de hacer el amor volando, o aquel otro que desarrolla el tema de la solidaridad. Pero ante ellos, por momentos, tengo la sensación de estar ante una suerte de Groucho Marx y no ante un auténtico poeta. Es en verso, en los Nocturnos, y en otros poemas como Comunión Plenaria, Espera, Lo que esperamos, o Gratitud, donde veo al Girondo que mejor concilia la comedia con la poesía. El poema que más me gusta de los seleccionados en este libro es Puedes juntar las manos:


La gente dice:
Polvo,
Sideral,
Funerario,
y se queda tranquila,
contenta,
satisfecha.

Pero escucha ese grillo,
esa brizna de noche,
de vida enloquecida.

Ahora es cuando canta.
Ahora
          y no mañana.
Precisamente ahora.
Aquí.
         A nuestro lado...
como si no pudiera cantar en otra parte.

¿Comprendes?
                       Yo tampoco.
                                          Yo no comprendo nada.

No tan sólo tus manos son un puro milagro.
Un trapiés,
un olvido,
y acaso fueras mosca,
lechuga,
cocodrilo.

Y después...
esa estrella.
                  No preguntes.
                                       ¡Misterio!
El silencio.
                Tu pelo.

Y el fervor,
la aquiescencia
del universo entero,
para lograr tus poros,
esa ortiga, 
esa piedra.

Puedes juntar las manos.
Amputarte las trenzas.

Yo daré mientras tanto tres vueltas de carnero.


De En la masmédula, su último libro, aunque hago el intento, no vuelvo a leer apenas nada. En esa intrepidez final no veo ningún poema necesario. Podría empeñarme en buscar el acierto, pero la realidad, aunque el autor se ganara mi cariño, creo que es muy otra. 

Cierro el libro y concluyo que la genialidad de Girondo es una estrella que brilla como ninguna, pero no una estrella que guíe, sino una que cansa mirar. De todas formas, pues que su personalidad marcó la diferencia, alguno de sus poemas quedará por siempre. Y eso, que parece poco, sólo está al alcance de los verdaderamente grandes.