domingo

Seis aforismos nuevos

 
Pensar con belleza nunca es malo.


Si no es un poco de luz en la cabeza y otro poco en el corazón, yo no lo llamo inteligencia.


Es más frecuente oír risas desagradables que llantos desconsolados. Sugerente.


No se aprecia lo valiosa que es la esperanza hasta que alguno, desesperado, intenta robártela.


El ruiseñor no espera elogios por su canto. Sería malo para su voz.


Una de las principales utilidades de las nubes es ofrecer descanso a la mirada.


Cinco aforismos

 
Si hay que creerse un pensamiento, que sea uno que se sostenga ingrávido, por hermoso o agudo, a diez metros como mínimo de la cabeza.


A los grandes temas literarios cada autor les arregla los bajos a su medida.


Prohibido mantener lazos con personas metomentodo. Los aprietan como sogas.


Conquistar la fama conlleva que la gente piense en ti más que tú.


Los poetas que envidian a los músicos por emitir, libres del significado, sonidos hermosos, no han reparado en el trajín que se traen esos artistas con sus instrumentos, más caros y aparatosos que el papel y el lápiz.



Cinco poemas nuevos



FUTURO IMPERFECTO

Cuando yo sea viejo, si llego a viejo,
me asomaré a este libro como a un río 
bordeado de chopos.

Con ojos de casa despintada me asomaré,
y me veré caminando por la ribera
con un gracioso perrillo como sombra.

Entonces estos tiempos
serán aquellos tiempos, aquellos...
Quizá me ponga algo sentimental.



EL SAPO

Escuchar al político 
me puso de los nervios.
Escuchar luego al sapo
me curó.
Su monótono canto
me curó.
Invocando a la madre
del cielo me curó.
El sapo es buen orante,
ya lo creo.
Orante acaso un tanto
contrahecho,
pero qué más dará,
qué más dará 
después de viejos
la apariencia.



PARÍS MON AMOUR

Año 1974. Un joven estudiante hace cola para subir a la inefable Torre Eiffel cuando, de pronto, como la luna entre la niebla, ve surgir entre la gente la mirada verde y profunda de una desconocida con la que no vuelve a cruzarse jamás. Cuarenta y tantos años más tarde, en una librería de saldo, abre un libro al azar y se encuentra anotados estos versos: «Ay, París, París..., / se me ponen los ojos / verdes oscuros como los tuyos / cuando me acuerdo de ti».



TAL ES LA INSPIRACIÓN 

A veces, cuando pienso, convencido,
tener algo importante que decir,
no hallo las palabras
y enmudezco.
                           Y sin embargo hoy,
hoy que nada especial pensaba yo decir,
no he dejado de hablar ni un solo instante:
del dormitorio a la nevera,
de la nevera al baño,
del baño al hall,
las palabras me asedian y me cuentan
de sus cosas, y yo que las pronuncio
tan sólo soy testigo vacilante,
incapaz de cerrar la boca ante su empuje.

Fracasada en su intento de sellarla
con pañuelos y apósitos,
mi amiga se ha escapado al mercadillo
aburrida de mí.
Y allí le contará el caso a su prima
—una emisora provinciana—
y pronto se sabrá en el mundo entero.

Entretanto,
mientras esto persista,
lo mejor será hacerme pequeño como un duende
y buscar escondite en algún cuento.



TODA LA ETERNIDAD

                     A mi madre

No pocos
de los que se fueron viven
en las fotografías, por lo menos
en las fotografías,
esa clase de islas misteriosas
alejadas del ruido.
                                   Sí, papá
también.
                  Míralo ahí,
tan joven, jovencísimo, junto al Seat 600,
posando para ti cerca del mar.
No se mueve ni un pelo. No se cansa
de esperar y esperar y seguir esperando
por el clic.
                     Ahora es tan paciente.
Para volver contigo al coche
tiene toda la eternidad.


Cinco poemas



PROPONE MARZO

Escoger al azar un rayo de sol
y extender el brazo,
como el yonki ante la jeringuilla,
para inyectárselo en vena.
Dejar
que por dentro corra la luz
confundida con la sangre,
que luz y sangre sean la misma cosa.
Y así –pura unidad–
sentir la vida.
                          Sentirla
como una inmensa, profunda, intensa felicidad.



AHÍ ESTÁ 

Concederte una página 
entera para ti sola,
                                    humildísima 
florecilla sin nombre que has llamado mi atención 
en las inmediaciones de la Puerta de Alcalá.



OTRA VEZ LA LUNA

Deslizándose 
—niño en pleno juego—
por la suave
                        baranda
                                         del 
                                                 vacío 
el día se llevó 
demonios y fantasmas de tu lado,
dejándote tan sólo gratitud
por ser jirón de luna,
no siendo nada,
tú.



VARIACIONES SOBRE LA ESPERANZA 

Aplicados discípulos 
de Cicerón repiten
que no tienen
ni miedo ni esperanza,
pero al decirlo esperan
—se les nota—
volverse valerosos
o tener menos miedo.



¡QUÉ EXTRAÑO GOZO!

¿Cómo es posible,
amor,
que esté escuchando
aquí,
en el silencio,
que esté escuchando
yo,
sin el que escucha,
las seis oscuras cuerdas
de la luz?



Cinco poemas

 

MIRLO

¿Dónde canta ese mirlo?

Dan ganas de meterse en hipotecas
a medias con su música.

Me asomo a la ventana.
No veo al pájaro en ninguna parte
y en todo lo estoy viendo.
Todo canta.
Todo es mirlo de pronto.
Todo, nada, tan negro.



LOS CUATRO AMIGOS 

Quien fui, quien soy, quien seré,
hemos quedado en el centro
para tomar el vermú.

Conste:
no tengo pensado presentarme.

El no ser
es mi manera de ser.



UNA NIÑA TOSE

Una niña tose
asomada a un balcón.
Yo dibujo una ventana en la libreta
y veo lo divino en su catarro.



LA ETERNIDAD ESTÁ SIEMPRE DE MODA

Desde hace siglos
la luna y este instante:
dos contemporáneos.

 

¡SOCORRO!

Todas esas enciclopedias vivientes
con la cita erudita a flor de labios
han perdido el conocimiento.

¿Hay algún socorrista en el poema?



lunes

Si me oyes



I

Si me oyes,
si desde algún lugar puedes oírme
y no es mucho pedir,
escucha:
              te lloré
pero el tiempo pasó, ha pasado
como un pañuelo por mis ojos.
Ya soy capaz de escribirte el poema.
Es como llevarte flores
y hacerte compañía, hacernos compañía un rato.

Rosas, claveles, nomeolvides, violetas, crisantemos...
(El ramo debería ser igual que tú de generoso).






II

Si me oyes,
si no es una quimera que me oigas,
deja que vuelva atrás por un momento.

Soy de nuevo un bebé tranquilo
y en tus manos, pequeñas y robustas,
miro a mi alrededor 
con el asombro propio de mi edad.
No sé lo que es la vida,
no lo sé pero te sonrío
y sonrío en señal de gratitud.

Me enseñarás a caminar, en el más amplio sentido,
y me serás leal como el tronco a la rama.
¿Cómo voy a negar, cuando te mueras,
la existencia del cielo?
A pulso te lo habrás ganado
en mis recuerdos.





III

Si me oyes, si más allá de tus cenizas me oyes, permíteme que comparta contigo algo singular que me sucede: desde que tu voz se ha convertido en el silencio (tu voz antaño acogedora y cálida como una sala con chimenea) me da la sensación de estar, cuando hablo contigo, hablando con Dios; y pienso entonces, lo estoy pensando ahora, en la idea de un Dios personal, imaginándolo idéntico a ti: un Dios que fuese bajito, cascarrabias, simpático, sufrido, tierno, buena gente; un Dios, en fin, en el que incluso el más escéptico podría creer.





IV

Si me oyes,
si maltrecho siquiera el poema te alcanza,
me gustaría hacerte una pregunta
(por supuesto retórica):

¿A que fuerzas oscuras has persuadido,
con tu pico de oro,
para que sigamos enteros?

Partidos por la mitad
tendríamos que encontrarnos, por lógica,
quienes tanto te quisimos.
Partidos por la mitad:
mitad esposa, mitad viuda,
mitad hijos, mitad huérfanos.





V

Si me oyes, si el halcón mensajero de mi voz te entrega estas palabras y las miras no digo ya con aquellos tus ojos grises como días azules o azules como días grises –nunca supe, perdóname, exactamente cómo eran– sino, al menos, con unos ojos nuevos y gloriosos, gloriosos, gloriosos, mándame una señal, por favor te lo pido, mándame una señal. Por ejemplo: haz que se publiquen en deliciosa edición, la que tú te mereces, y me llene de fe, de inquebrantable fe leyéndolas.





VI

Si me oyes,
si nada ni nadie nos impide el diálogo,
decirte que me calo en ocasiones tu sombrero
(uno de tu modesta colección)
no porque te eche en falta
sino porque me gusta, simplemente,
y noto que con él camino con gran swing.

Me impresiona, por cierto, la imagen que conserva:
tú quitándotelo,
como el perfecto caballero que eras,
al entrar en la muerte.





VII

Si me oyes,
si aunque sea sin ti me oyes,
el poema es un éxito
absoluto.
               Pero si no me oyes,
si hay un jardín absurdo en su sonido,
cómo pese al fracaso no seguir
de tarde en tarde hablando, tan por dentro,
contigo. Yo a ti sí que te oigo.
No sólo en la memoria o en la sangre
o en algún rasgo nuestro o en tus huellas:
te oigo
           –tu silencio 
me sabe como a música–
en lo esencial que me dejaste aquí,
                                                     en este amor
tan grande y puro,
en lo que te has quedado a ser:

el único superviviente, padre mío, de este mundo.



In memoriam E.G. 
(1953-2018)